Preocupa que Sobeida Félix Morel haya pasado de villana a héroe, aplaudida por diversos sectores, hecho repugnante, que revela el malestar que existe en nuestra sociedad que no termina de colocar este tipo personaje en el lugar que le corresponde.
Muchos atribuyen su “estrellato” a que en el país tradicionalmente los ejemplos de corrupción no son castigados sino mercadeados con etiqueta de éxito, verbigracia muchos de nuestros políticos.
Esta mitificación podría atribuirse a la espectacularidad con que el Gobierno de la Republica Dominicana maneja el caso, que no pierde oportunidad para poner en escena la obra pan y circo. A ello se une la superficialidad con que los medios de comunicación tratan el tema, que poco ha faltado para su canonización en “Santa Sobeida”.
Recuerdo que en el juicio contra los asesinos del niño José Rafael Llenas Aybar, la sociedad en ningún momento estableció empatía con ellos, todo lo contrario exigía severo castigo.
Con Sobeida es todo lo contrario. Se aprecia una identidad de gran parte de la población, que no la condena. ¿Se debe ésto a que en lugar de acusarla de narcotráfico la consideran un instrumento erótico de Figueroa Agosto?
No se puede negar que la misma Sobeida ha contribuido a generar enternecimiento frente a su figura. La dama tiene dominio escénico y explota muy bien sus condiciones de beldad. Además exhibió valor al acusar a un oficial de la Dirección Nacional de Control de Drogas de sustraer un bulto, propiedad de Figueroa Agosto, lleno de dólares.
Nótese que desde el primer día que se presentó ante los tribunales evadió las cámaras de televisoras y fotográficas con el rostro cubierto, pero en la segunda oportunidad apareció con el rostro descubierto, enviando un claro mensaje de que iba dar una batalla frente a su caso.
Pero aún con sus condiciones histriónicas y de beldad, ello no la exonera de haber participado en actividades propias del narco, por lo que sorprende que hoy sea exaltada como un buen ejemplo. Inocente o culpable hay que garantizarle el debido proceso de ley.
Lamentablemente, parodiando a Sigmund Freud, hay un malestar en nuestra cultura.