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Publicada el: 26 de Junio del 2010, 2:20:16 pm
LA AUTORA NO ES UNA NARRADORA CUALQUIERA, ES CONOCEDORA DEL ARTE DE NARRAR, Y AL PONER EN PRáCTICA SUS TEORíAS HA TENIDO MUY CLARO EL FUNCIONAMIENTO DE éSTE
Familia, etnicidad y heterotopía en El cuaderno granate de Maryse Renaud
Por Miguel Angel Fornerin
Santo Domingo, RD.- He leído con fruición el libro El cuaderno granate de Maryse Renaud. En un principio me pareció una lectura demasiado lenta, pero a medida que me fui adentrando en los asuntos, la obra se convirtió en un artificio digno de la mejor literatura.

Creo que, sin lugar a dudas, este libro muestra una vez más los dotes de narradora de la autora, que hace un tiempo había publicado, también en Ediciones Corregidor (Argentina), un libro de cuentos titulado En abril, infancias mil.

Un libro se nos revela como obra de arte cuando el lenguaje pierde esa mera capacidad instrumental que le dan los teóricos de la comunicación de mensajes y se constituye en artificio verbal, en el que se juegan los contextos, las referencias, los caracteres, las acciones humanas paradigmáticas, los mensajes estéticos, las luchas éticas, las pequeñeces y las grandes aspiraciones del vivir en un tiempo-espacio determinado… Es decir, todo eso puesto en un lenguaje que trasciende lo puramente pedestre, cotidiano o determinado por la vida rala, y elevado a un mundo textual solamente alcanzado por la refiguración del lector.

Vista desde este entramado, la obra de arte se nos presenta como una construcción lingüística que adquiere valor definitivo en la lectura. Pero que es el resultado de un trabajo de la escritura en el cual entra la significancia, que le da el autor como creador de situaciones novedosas, como instalador en el mundo del texto de acciones que deben ser inteligibles para su destinatario. Y esto es lo que encuentro maravilloso en esta novela. Desde el punto de vista formal, la lengua poética forjada por Maryse Renaud va de lo más llano a lo más literario. Tiene construcciones lingüísticas de gran valor estético y se advierte en el texto una indiscutible tensión estilística. Está tan bien escrita la novela que la lengua desaparece de la atención del lector, lo que le presta cierta naturalidad y fluidez a las cosas narradas.

Otro elemento que me gustaría resaltar es la arquitectura de la novela, el orden en que se dan las acciones. La autora no es una narradora cualquiera, es conocedora del arte de narrar, y al poner en práctica sus teorías ha tenido muy claro el funcionamiento de éste. Desde Aristóteles es cosa notoria que una obra literaria tiene una trama que cabe dentro de cierta limitación: la consabida tirada principio, medio y final, asunto que toda retórica ha planteado. Renaud ha tenido específicamente en cuenta los dos aspectos fundamentales: el principio y el final. Está el texto enmarcado por una evasión y un regreso. Dos elementos fundamentalmente míticos, que nos abren horizontes de espera en los que el sentido se va cifrando y en que cada elemento es una suma que tendrá resultado al caer el telón de una obra.

El ritmo de la obra está constituido por la sucesión de eventos, acaecimientos, esperas y novedades que aparecen en el horizonte de la lectura. Las opciones léxicas, la puntuación, las oraciones largas y cortas, que crean diversas alternancias; los énfasis, las recurrencias, el juego con lo mismo y lo diverso, los avances y retrocesos, las inmovilizaciones, los datos truncos, todo esto no deja de llamar la atención. Además, se unen las voces, la narración hipotextualizada en cartas y diario; porque esto va unido al narrar como una forma de contabilizar lo que ocurre, lo que queda fundado en el tiempo. El ritmo de El cuaderno granate es, en fin, una dosificación de la acción, por aquello que se le esconde al lector y que, al final, aparece para completar un rompecabezas, dejando que todos los elementos significativos cobren valor, y que en la tercera mímesis el lector haga inteligible el texto, desde la refiguración de las acciones humanas significativas.

La forma en que se ordenan los elementos dentro de la trama, es cosa sabida, es capital para su éxito. Muestra una sabiduría del narrador que no está dada simplemente por la teoría, sino por la práctica misma de la escritura. La disposición de los elementos en la trama es lo que permite una mímesis creativa, en la cual las acciones humanas se convierten en acciones paradigmáticas. Dos asuntos avanzaré sobre este extremo en la obra. La ejemplaridad funciona tanto para los personajes como para los lectores. En la obra de Maryse Renaud, las acciones heroicas de Aníbal y la discutible actuación de Napoleón, que nos conducen al pasado como recuperación del sentido histórico de la humanidad, son paradigmáticas para Edgar, quien las enseña y traspasa a su hijo. Busca un valor por oposición entre el cartaginés y el francés. Pero si esas acciones tienen un valor para el padre, también lo tienen para el lector, quien es el que, en definitiva, asigna un sentido a unas y otras. De ahí que la obra no pueda concebirse fuera de una época. Y volvamos a Aristóteles. No se puede actuar de otra manera que no sea bien o mal. Este principio sobre el valor de las acciones es cuestionado, sin embargo, por Nietzsche, ya que se puede actuar por encima del bien y del mal. Por lo que las acciones que la autora incorpora a la trama son acciones, en definitiva, éticas.

Una valoración que pone a prueba la relación del ser con el mundo. Porque el mundo como historicidad está planteado entre un mundo épico ejemplarizador y una anti-épica, que nos representa el tiempo vivido, el actual. Visto entre un horizonte de pasado y una relación histórica con el presente, los sujetos son conscientes de los valores, de las tensiones entre dos tiempos. La pérdida de los paradigmas, de lo épico como comportamiento humano que pretende cambiar el mundo, se pone en tela de juicio en el texto de Maryse Renaud, desde el principio hasta el final.

Lo que ocurre, lo que acaece en la obra, vista desde el conjunto de actuaciones, conforma un mundo textual que es, a su vez, un mundo posible, un cosmos para nosotros. En El cuaderno granate, ese mundo está constituido por el entorno familiar. Que es una célula de lo social y lo político, que no dejó de estar dentro de las miras del Estagirita. El mundo familiar es un microcosmos, en el que el hombre se encuentra en su origen social, ético, mítico, sexual y político. Las relaciones sociales nos llevan a la figura del padre como centro y poder. Dueño del saber pragmático y de la sexualidad, cruzada, y sorpresivamente pluralizada en el sentido del texto, que nos permite situar a la familia entre distintas rupturas con lo “natural”, con lo corriente. Por lo que las acciones van a contracorriente creando sorpresas, rupturas y novedad. Ese mundo está en tránsito. Es cambiante con relación a su diversidad. Un mundo mestizo: en el lenguaje, la raza y el espacio.

La familia como puerta de entrada a lo social, a lo político, plantea un aprendizaje, que es el que Edgar, el padre, da a su hijo Miguel. La educación va también a contracorriente. No es tradicional, y pone en juego la constitución del grupo desde el sentido mítico: una familia de ateos. Esto implica un enfrentamiento con la moral cristiana; con la moral dominante y un cuestionamiento constante de las acciones en el marco de lo ético, y de lo que es o no paradigmático. ¿Será ésta la novela de un mundo sin dioses; un mundo sin finalidad, dentro de la cultura universal cristiana? Pero como se verá al final, los conflictos sólo pueden resolverse cuando se llega a una catarsis, como cura, como armonía entre los sujetos, que sólo se da por las revelaciones del Cuaderno y el encuentro de un espacio paradisíaco, creativo y comercial, en el que los personajes pueden vivir en paz.

La familia, desde la perspectiva de la mujer, tiene miedo al incesto. Temor mítico que expresa la esposa de Edgar, Clarysse, pero sin que la consumación del hecho tenga alguna consecuencia. Aquí la práctica entre el sobrino y la tía (Miguel y Emma) no es más que una modalidad de la ruptura. No es un pecado contra la religión, contra la ley natural que ésta postula. Es una práctica condenable en sí misma. Se une al mundo sin dioses, al ateísmo, las opiniones marxistas de los personajes y el mundo de desencanto que aflora al final de la obra. Ellos actúan en este mundo que es un cosmos que nos comunica social y políticamente.

La búsqueda nihilista de los personajes, que quieren conocerse, limpiar su vida de las tensiones familiares, del odio y el rencor, van a desembocar en un final dominado por la paz en una tierra nueva. Conviene destacarlo, porque la escritura anticipatoria de fronteras que la autora trabaja es una recreación de tiempos y espacios múltiples. Las referencias nos llevan a Aníbal, el cartaginés, y a Napoleón Bonaparte, buscando un sentido épico ejemplarizador, pero corre de Martinica a París, de México a Argentina y a Nápoles (Italia). El movimiento espacial de Miguel está dado por una búsqueda de equilibrio, también cobra visos de exilio del lar familiar, dominado por el paternalismo y la constante lucha de una madre con la mujer deseada por su hijo.

Esto hace de El cuaderno granate un texto que participa de la llamada novela bizantina, en la que el viaje del personaje principal da pie a una mirada que rebasa con mucho el entorno acostumbrado. Como ocurre en El Licenciado Vidriera, de Cervantes, o en Las horas del sur, de la puertorriqueña Magali García Ramis. Estos personajes muestran una gran disconformidad con su entorno y una carencia de identidad. En las dos obras mencionadas, son expatriados de la familia y buscan un lugar donde encontrar el paraíso perdido. Sus acciones van de la familia a la sociedad, del viaje por distintos países al encuentro de un espacio en el mundo donde se pueda encontrar la utopía, aunque sea como realización del individuo y no de la sociedad. Miguel terminará encontrando en México un espacio de paz, en una ciudad provinciana de Yucatán.

Este planteamiento es de capital importancia, cuando analizamos los valores de Miguel. Aunque viene de la Martinica, se resiste a ser enmarcado por los discursos postcoloniales. Dice estar cansado de los negros, o sea, está cansado de los discursos de la Negritud, de Aimé Césaire, y del retorno al África. Para Miguel existe una patria grande, que no es el espacio metropolitano francés. Él se encuentra a gusto en el mundo latinoamericano. Fuera de los discursos caribeñistas. De cierta manera, la obra postula una Latinoamérica para todos, más allá de las barreras idiomáticas, incluso, por tanto, para los caribeños de habla francesa. Anhela un Caribe dentro del mundo latinoamericano. Por eso Miguel no quiere que se le hable más de negros. No se trata de un rechazo a su etnicidad. Es un rechazo a la particularidad que lo aplasta, a la visión reductora del padre, y supone un respiro, una tregua, en el espacio latinoamericano. En esto consiste precisamente la búsqueda del personaje.

El planteamiento de Maryse Renaud está en concordancia con la teoría del haitiano René Depestre sobre la unidad de las Antillas al mundo latinoamericano. Los pensadores marxistas tuvieron, como Jacques Stéphen Alexis, el coraje de romper con esa negritud que los identificaba, que los ayudó en determinado momento a encontrar su identidad; pero que dio a algunos la falsa ilusión de que su destino era volver a África.

El discurso latinoamericanista dentro del debate de la Negritud, más negro (es decir, perteneciente a la cultura de la diáspora africana en América) que africano (experiencia de la cultura africana continental), busca encontrarse en América Latina una gran patria mestiza donde están presentes todos los colores y todas las razas, y donde el negro y el mulato luchan por ser ciudadanos dignos, sin una separación identitaria que se bosqueja en una cultura que sólo mire hacia sí misma y a sus orígenes.
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