El ambiente de la dictadura trujillista en tres hechos
Por José T. Beato
Miami, FL.- Lo que a continuación voy a narrar no son simples anécdotas, esto es, sucesos inéditos, bien casuales o curiosos, sino hechos que dibujan a plenitud el ambiente sicológico que se vivió bajo la dictadura de Trujillo.
Arranco con el primero, que llamaré "el caso Benigno." En pleno auge de la dictadura trujillista, a mediados de la década de los años cincuenta, un guardia raso – a quien como ya dije, identificaré como Benigno – y que laboraba en la fábrica de armas de San Cristóbal, más conocida en aquellos tiempos como "La Armería," fue llevado ante el tribunal de ese pueblo por una mujer que alegaba muy firmemente que el hijo que había tenido meses atrás tenía como padre a dicho guardia.
Benigno también negaba el hecho muy firmemente, pues estaba en conocimiento de quién era el verdadero progenitor del muchacho: otro guardia de la misma compañía y fábrica. Pero la mujer, al parecer dolida por un antiguo desplante, acusaba a Benigno del hecho, señal de que le seguía gustando su talante y porte.
El asunto es que la mujer, acaso recordando las numerosas misas que se ofrecían a diario "por la preciosa salud del Jefe", como era llamado usualmente Trujillo, le dijo al juez en forma de ultimátum: " Por la salud del Jefe que Benigno es el papá."
Al oír aquello, el juez ni corto ni perezoso, se negó a considerar otras razones y golpeó el timbre que tenía sobre la mesa, sentenciando militarmente: " usted es el padre," cargando sobre Benigno para siempre la responsabilidad del mantenimiento y educación de un hijo que éste sabía a ciencia cierta que no era suyo.
Un segundo caso es el que llamare “el caso Bundo”. Bundo era uno de esos sujetos que se creían importantes porque se les permitía estar en la fortaleza, el recinto militar. Fungía como uno de esos “colaboradores espontáneos” a los que se les permitía usar ropa de guardia y hasta sus botas.
Bundo hacía las veces de “práctico” cuando durante los fines de semana la guardia salía por los campos a patrullar, a desarmar y, sobre todo, a exigir los tres golpes: la “palmita”, con la cual el ciudadano se acreditaba como miembro del Partido Dominicano, partido único en el país, el partido del Jefe; la cedula de identidad personal y el carnet del Servicio Militar Obligatorio. Con cualquiera de las tres que faltara, o que estuviese en mal estado, poco conservada, o sin sellar, conllevaba la pena de cárcel y quien sabe lo que la falta eventualmente podría desatar después.
También formaba parte de su voluntaria labor el ubicar las flores de los lugares patrullados: las mujeres que por su tierna edad, podían despertar la lujuria de los jefes. Pero lo que más disfrutaba Bundo era cuando algún conocido suyo le decía: "Pero Bundo, tus ojos están muy rojos......"
Entonces nuestro hombre, con un orgullo que le salía por los poros, sonrisa de oreja a oreja, bajando el tono y con voz llena de misterios, ripostaba: " ¡Ahhh.....! Es que anoche estaba en un servicio.........."
Lo que podía significar muchísimas cosas, pero con toda seguridad, ninguna buena. Ahora bien, la mayor retribución que Bundo obtenía de su relación con la guardia, era el respeto, más bien, el temor que entre sus conciudadanos suscitaba su presencia.
Cierta vez, en la finca de Món Salcedo, un terrateniente muy bien relacionado con Trujillo, ubicada en Maguey, un campito próximo al pueblo de La Vega, el Jefe tenía varios caballos “pura sangre”, de paso fino, para que se los cuidaran, Pero, por razones desconocidas, algunos de ellos enfermaron e incluso uno hasta murió.
Prontamente llegaron a la finca tres doctores especializados en Veterinaria, para tratar a los nobles equinos. Mientras eso hacían, Bundo esperaba en la carretera un transporte para llevar a la fortaleza unos pollos que le habían encargado.
Al mismo tiempo, frente a él, unos peones de la finca de Món llenaban un camión de plátanos para venderlos en la Capital. Uno de ellos dijo molesto al ver a los doctores: "Tanta pendejada por un caballo."
Pero la brisa llevó a los oídos de Bundo el insolente comentario, y éste de inmediato cruzó la carretera. Los peones, temiendo lo peor, no se atrevieron a mover un músculo, como si estuvieran a dos pasos de un animal feroz capaz de devorarlos. Bundo, iracundo, les increpó: " Ojalá cualquiera de ustedes ser la mierda de un caballo de esos."
Con el tercer hecho quiero rendir homenaje al luchador antitrujillista y hombre de avanzadas ideas democráticas, Aridio González, muerto hace poco más de una década. Ya había pasado la invasión de Junio del 59, en la que decenas de jóvenes se inmolaron o fueron encarcelados, sufriendo luego horrendas torturas, pero cuya derrota sirvió de campanazo despertador de conciencias en la sociedad dominicana, especialmente entre la juventud de la época.
Trujillo, en represalia, además, ordenó el encarcelamiento de miles de esos jóvenes de quienes sospechaba su animadversión. Paradójicamente, muchos de ellos eran los hijos de sus propios colaboradores. En el campo donde vivía Aridio, Las Yerbas, cayeron presos entre otros, Lino Cabrera, Jaime Beato, Antonio Cruz, Luis Marino Rodríguez (a) Cucho, Agapito Cáceres, más conocido como "Chichío".
Este último era para la época muy flaco, por lo que Alicinio Peña Rivera, jefe en el Cibao del temidísimo Servicio de Inteligencia Militar (SIM), cuando se lo mostraron en Santiago, le dió una trompada en la cara que lo sumió en la inconciencia al tiempo que le decía: "Porquería, dizque queriendo tumbar al Jefe."
Un domingo bien temprano, después de misa, llegaron a dicho campo los calieses – es decir, los miembros del SIM – buscando más gente para apresar. Aridio, sabiendo que era uno de los buscados, se escondió en la casa de Angel Cruz. Este le dijo que, por si acaso revisaban la casa, que se subiera al cielo raso. Como la casa estaba techada de zinc, en aquel lugar haría prontamente un calor infernal con el correr de las horas.
Y, ciertamente, llegaron los calieses a la casa. Angel, para guardar las apariencias, se puso más hablador y amistoso que lo que usualmente era, y hasta los invitó a comer y a beberse "un pote de ron." Mientras tanto, arriba, el hombre casi se asaba como un puerco en puyas.
Cuando por fin terminaron de comer y beber, Angel les preguntó, haciéndose el inocentón que, en realidad qué hacían por allí, a lo que los calieses ya metidos en trago respondieron que "andamos buscando a un tal Aridio González que se ha hecho enemigo del Jefe." Angel le respondió que lo conocía, pero que no creía que "ese hombre estuviera en nada." Los calieses se marcharon. Aridio bajó casi muerto, sudado como un potrico que ha corrido varias millas.
Pero a los pocos días los calieses retornaron. Y encontraron a Aridio arando sobre un tractor en la tierra de Manuel de Jesús. De inmediato lo hicieron bajar acusándolo de antitrujillista, y llenándolo de improperios, lo esposaron. Mas, Aridio, con mucha calma les respondió: "muy bien, voy preso, pero por lo menos, déjenme apagar el tractor."
Llevado a la cárcel conocida como "La Cuarenta," fue torturado numerosas veces, aunque logró librarse de la "silla eléctrica" ya que, por esos días, varios presos habían muerto en ella, y Aridio cada vez que los torturadores lo "invitaban" a sentarse allí, les recordaba cordialmente que sufría de un mal congénito del corazón, lo cual era verdad, pues fue la enfermedad que lo llevó a la tumba décadas más tarde.
Lo cierto y verdadero era que a buena parte de esa juventud allí presa, solamente le esperaba la muerte. Por suerte para ellos, y para todo el pueblo dominicano, a los pocos meses Trujillo fue ajusticiado una noche en la autopista que hoy lleva como nombre la fecha del memorable tiranicidio: "30 de Mayo" (de 1961). [José Tobías Beato, escritor oriundo de la República Dominicana. Reside en Florida]