Editorial
El pago por el silencio o el valor de la palabra
El pago por el silencio o el valor de la plabra (1)
La nuestra es una sociedad particular, con un sello propio en cada institución que han construido sus hombres y mujeres, a lo largo de toda su historia como nación.
Esas particularidades pueden cambiar circunstancialmente, pueden transformarse como le sucede a todo lo que se mueve sobre la tierra. En veces, esos cambios cada quien los recibe y los percibe de forma distinta, según el cristal de sus propios intereses, lejos del interés al cual nos debemos como sociedad.
Los medios de comunicación, los comunicadores, los oficiantes y sacerdotes del periodismo en la Nación Dominicana, con el transcurrir del tiempo, y en su mayorÃa, se han entrampado de tal forma en la maraña de los intereses públicos y privados, que ya pocos responden al ejercicio como tal.
Las reglas de juego en los medios de comunicación han cambiado, las reglas de juego, por tanto, entre los comunicadores, también han variado. Los que ejercen como forma de sacerdocio el periodismo, sirviendo en mayor proporción a la conciencia antes que a la parcela de opinión o de empresa a la cual pertenezcan, o por la cual simpaticen, cada vez se vuelven menos.
Se ha incrementado el número de medios de comunicación en la República Dominicana, se ha incrementado en igual medida el número de comunicadores, pero en igual o mayor forma se ha reducido la calidad informativa en el paÃs.
Sujeto de análisis más profundo deberÃa ser la suerte que corren los medios de comunicación en el mundo, en un mundo cada vez más intercomunicado, cada vez con mayor velocidad en el tránsito de la información, en un mundo donde ya casi no existen sucesos aislados, porque en segundos, ¡y cuidado!, todos resultamos de ellos informados.
Sujeto de análisis deber ser pues, no solamente que ha descendido vertiginosamente la calidad de lo informado, y de los informantes, participantes de los mass media, sino también que ahora se comenta, comentario devenido en voz populi, que aquÃ, en Dominicana, ahora se paga por el silencio en vez de lo que se habla, o de lo que se escribe.
El valor de la palabra resulta miserable ante el valor mercurial con que se ha revestido el silencio en nuestros dÃas. ¿Cuanto cuesta una opinión?, ¿que valor tiene una bocina convertida en repetidor?, ¿cuanto vale una frase en boca de un comentador?
El valor de la palabra se ha reducido tanto, como ha crecido la fortuna del más vil opinador.
Salvador B. Sánchez